lunes, 19 de mayo de 2008

1,224 km/h

Sentadita, sin hacer ruido como se lo habían ordenado. Tenía una tremenda capacidad para no hacer ruidos. De hecho, no soportaba el sonido, tanto que su anhelo era quedar completamente sorda. - Anda, ven para acá venadita-. Le dijo cariñosamente la maestra, indicándole que se metiera a la oficina de la directora. Ella, con la piel de gallina, se dirigió hacia la puerta tratándo de evitar los chillídos del piso de madera. Con una sonrisa en la mente, mas no en la cara puso sus pies dentro de las cuatro paredes. Ella y la directora se llevaban muy bien, puesto que la voz de ésta era como de pato, no producía eco y no le atemorizaba. - Que andas un poco distraída, ¿es cierto esto?-. Le indicó. La pequeña agachó la cabecita y vió sus zapatitos de charol recién cepillados la noche anterior. - No he querido platicar con tus padres, siento que no es necesario. Pero ahora me estás preocupando Venne. A veces quisiera meterme en tu pensamiento, pero siento que no podría salir nunca de ahí-. Insistió la anciana. Venne levantó la mirada y escuchaba cómo su maestra, detrás de ella, se acariciaba el cabello seco. -No me pasa nada, sólo que está empezando a hacer frío, señorita Directora-. La directora parpadeó dos veces, sonrió y le pidió que se retirara.

Al día siguiente, les llegó un boletín a todos los padres de familia. Éste indicaba que los niños debían empezar a tomarse sus vitaminas contra las alergias. Todos sabían que se trataba de Venne. No porque ella fuese alérgica y los contagiáse, sino porque siempre prevenía cada cambio de estación del año.

Venne, era muy conocida ¿y cómo no?, si en el pueblo habían menos de 600 habitantes. Todos siempre muy alegres y preparados para hacer cualquier tipo de festividad. Los padres de Venne eran amantes de la música. Su padre tocaba el violín y su madre tenía una voz privilegiada que hacía que la naturaleza misma se involucrara en su armonía, el pueblo aclamaba sus cantos, todos menos Venne.

La niña más obediente, callada, pensativa y la que siempre movía rápidamente su pie derecho cuando no se sentía segura. Obedecía al instante, con tal de no escuchar una orden dos veces. Pensaba mucho porque el único ruido que soportaba, aparte del de los patos y la voz de su directora, era la de su cabeza. No soportaba el canto de su madre, desde que estaba en el vientre, solía patear brúscamente a su madre cuando ésta le cantaba para arrullarla. No se diga del violín de su padre. La hacía llorar, pero siempre lo ocultaba; detenía el tiempo, se encerraba en su pieza, se ponía todas las cobijas encima, tapaba sus oídos con bolitas de algodón que cortaba de los jardines y se ponía a pensar, a pensar mucho.

Siempre soñaba con estar en un lugar completamente silencioso. Cuando escuchaba a su maestra decir que en los Polos no se escuchaba mas que el cántico celestial de las nubes, se mordía de emoción las uñas hasta sangrar.

Habían pasado ya varios largos y tormentosos años. Venne cumpliría sus 15 años. Sus padres organizaban la más ruidosa fiesta que se había celebrado en el pueblo. Una orquesta de 17 músicos, un número especial de fuegos artifiaciales, los más horrorosos aplausos y millones de escalofriantes carcajadas. Ya faltaban sólo unos días y empezaba a temblar del miedo. No quería esa fiesta. Por más que le rogaba a su madre que se la cambiase por un viaje o un collar de perlas, ella se negaba profundamente sonríendole con una amabilidad desesperante.

Una noche, como miles, no pudo dormir. El grillo no dejaba de cantarle y ella no dejaba de pensar en la fiesta. Empezó a sudar agua congelada, sentía cómo se abrían sus poros para transpirar. Su pie derecho estaba completamente torcido y su corazón latía tan fuerte que producía un sonido nuevo que jamás había escuchado. Cerró fuertemente los ojos. Se paró de su cama sobre los dos pies al mismo tiempo. Salió de su recámara y caminó directo hacia la cocina. Tomó el sartén más pesado y salió alejándose lo suficiente de su casa para que nadie notara nada.

Iba descalza, sentía el pasto frío entre sus dedos. Se hincó y se echó a llorar. Lloraba aún más por el insoportable sonido de su voz. El miedo la estaba invadiendo por completo. Se puso de pie. Ya no sentía su pie derecho y el izquierdo comenzaba a moverse incontrolablemente.

Levantó el sartén, localizó el punto exacto en su cabeza, apretó los dientes, hizo lo necesario para cumplir su objetivo y cayó desmayada.

Despertó mas no despertó. Sintió que la sangre empezaba a hervir en toda su cabeza como si le hubieran echado ácido por los lagrimales. Se dio cuenta de lo que pasaba. Quería regresar el tiempo unos minutos antes, cuando escuchó a lo lejos el espeluznante grito de su madre.
Recordó los zapatitos de charol - mis ojos- suspiró.


- NEGG

viernes, 9 de mayo de 2008

¿Ya?

Oportunidades en la vida, sólo una; las demás son tentaciones.

- NEGG