Y poco a poco se iba secando. Seca, seca, seca; sin saber que esa era ya, la última vez. ¿Cómo iba a saberlo? Si siempre que esto pasaba, decía: - Ya, ésta es la última. Lo juro - y obviamente nunca acertaba. Pero siendo ésta la última, no llegó a pensarlo. Parecía estar molesta. Sentía un silencio, no escuchaba el típico sonido ácido que alguna vez la paralizó. Un largo momento de sequedad, no se detuvo el tiempo pero sí iba más despacio, poniéndose todo de color gris. Pero en cambio, en el otro panorama, se encontraba el cuervo. Viéndola con una mirada punzocortante, de esas que pueden atravesar la ropa, la piel, los músculos, la propia sangre, hasta los huesos; mas nunca el alma. Tal vez fue eso, no traspasó su alma. Tanto que le gustaba esa mirada amarilla, la que soltaba un rayo fluorescente con chasquidos que sólo el gato Bombón también podía escuchar. La última y lo más probable es que fuese la peor. Su amor se estaba extinguiendo y comenzaba a oler, oler lo que más temía, lo que le habían contado sus ancestros, pero jamás creyó poder ser partícipe de ese evento. El cuervo seguía ahí. Bombón se estaba durmiendo, pero ella estaba más despierta que nunca. Por primera vez sintió miedo. ¿Estaba dejando de amar a su caballero negro, o éste la abandonaba? La vitrina parpadeaba cada vez más lento, mucho más lento como si estuviera en lo profundo de un mar graso. Alcanzó a voltear hacia arriba unos segundos antes de secarse por completo y…
- NEGG
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